¿Mentiras verdaderas francesas?

Ni revolucionaria ni soberana ni insumisa

Isabel Bohorquez

Gracias Gabriel Conte y gracias 617.News por confiar y por compartir https://617.news/mentiras-verdaderas-francesas-ni-revolucionaria-ni-soberana-ni-insumisa/

Pensar Francia es en algún punto pensar Europa y -más ampliamente- pensar Occidente, incluso el mundo entero.

¿Hacia dónde dirigir la atención de esos pensamientos para que puedan aportar algo?

En principio, elijo la búsqueda de hilos temporales y espaciales que permitan ver una trama antes que hechos aislados.

Por eso, buscando esos hilos, ya abordamos -en un texto precedente La caída de la Vieja Dama–[1] un sucinto recorrido desde la Revolución Francesa hasta la Quinta República de Charles de Gaulle pretendiendo llegar en este texto a la Francia insumisa actual.

¿Qué es la Francia insumisa?

La France insoumise (abreviado como LFI) es un partido político francés situado en la izquierda y la extrema izquierda, fundado en 2016 por Jean-Luc Mélenchon, creado originalmente como una plataforma para impulsar su candidatura presidencial y cuya meta central es convocar una asamblea constituyente para redactar la Constitución de una Sexta República en Francia, con el fin de abolir lo que denominan “monarquía presidencial”.

La Francia insumisa pretende otra revolución y la está alentando en las calles.

La Francia insumisa no está sola.

Ya veremos también quiénes salen a protestar con ella.

¿Qué es esto de la sexta república que pretende abolir la actual quinta república?

La Francia para los franceses, próspera excepto para los inmigrantes

En el texto de La caída de la Vieja Dama describimos brevemente cómo Charles de Gaulle instauró la Quinta República que consolidó el robusto Estado de Bienestar francés, ese sistema público que aseguró salud pública, educación pública y un solvente engranaje de sostenimiento de las necesidades del pueblo francés.

Charles de Gaulle -siendo de derecha y porque fueron a buscarlo con un grito de auxilio- condujo la recuperación de Francia entre 1958 y 1969.

Antes de que de Gaulle regresara a conducir el país en 1958, la economía crecía gracias al Plan Marshall, pero los gobiernos caían por el caos del Parlamento y la guerra con Argelia que puso al país al borde de un desastre civil y político.

De Gaulle trajo estabilidad institucional al crear una presidencia sólida y duradera, de modo que las industrias y los inversores pudieron planificar a largo plazo. Utilizó la enorme riqueza que generaban Las Treinta Gloriosas (las famosas tres décadas de progreso 1945-1975) para que Francia no dependiera de nadie.

Bajo su mandato, el Estado potenció gigantes mundiales en sectores estratégicos: el programa nuclear energético, la industria aeroespacial (origen de Airbus y los cohetes Ariane) y la modernización de las telecomunicaciones y para que las huelgas fomentadas por el partido comunista no frenaran las fábricas del milagro económico, de Gaulle utilizó los ingresos de esa época de oro para expandir y blindar el sistema de salud, educación y pensiones públicas. Este entramado defensivo de la Seguridad Social, concebido originalmente tras la posguerra por el consenso del Consejo Nacional de la Resistencia, fue consolidado por el orden político gaullista, garantizando que los obreros nativos participaran de la prosperidad.

Las Treinta Gloriosas[2] procuraron el dinero y el crecimiento, pero Charles de Gaulle puso el orden político, la estrategia científica y la soberanía estatal para transformar ese crecimiento en el robusto Estado de Bienestar que hoy, en 2026, se encuentra bajo una severa crisis fiscal y con recortes presupuestarios.

Francia en aquél entonces llegó a ser nuevamente muy rica y poderosa. Ya no en base a las materias primas de las colonias sino por una industria creciente y una economía basada mayormente en los servicios.

Francia prosperó, la Francia para los franceses, con abundancia y progreso para todas las clases sociales, inclusive la clase obrera nativa que tuvo un papel preponderante en el desarrollo industrial y tecnológico pujante.

No fue así para los inmigrantes y sus familiares radicados en Francia que continuaron en la misma situación de marginalidad y abandono que además aportaron la fuerza de trabajo más dura; provenientes de las antiguas colonias (argelinos, marroquíes, etc.), así como del sur de Europa (portugueses, españoles, italianos), realizaron los trabajos denominados de baja cualificación, alta exigencia física y mayor peligrosidad. Eran los sectores que la población nativa francesa, al haber prosperado hacia la clase media, ya no quería ocupar.

Francia estaba destruida tras la Segunda Guerra Mundial y necesitaba levantar ciudades enteras, autopistas y líneas de subte. Los inmigrantes representaron más de la mitad de la fuerza laboral en la edificación de los monobloques de vivienda pública (los HLM de las banlieues donde luego vivirían)[3] y en la infraestructura de transporte pesado. Eran peones, albañiles, paleros y excavadores, expuestos a accidentes climáticos y laborales severos.

También cumplieron un rol fundamental en la industria automotriz y metalúrgica (como en el caso de Renault y Peugeot), las grandes cadenas de montaje se sostuvieron gracias a los trabajadores extranjeros con jornadas de hasta 10/12 horas, manejando la fundición de metales, prensas hidráulicas y la pintura industrial sin las medidas de protección ambiental o de salud modernas.

Otro sector que los requirió fue la minería y la extracción de recursos. En las cuencas mineras del norte y el este de Francia (como en la extracción de carbón y hierro), la mano de obra de origen colonial y europeo del sur fue indispensable para alimentar de energía a las industrias del país antes de la reconversión nuclear. Hacían los trabajos subterráneos más peligrosos e insalubres (picadores de carbón), lo que provocó enfermedades crónicas como la silicosis en miles de familias.

Finalmente, los servicios urbanos básicos y limpieza, el mantenimiento diario de las grandes metrópolis dependía de ellos: recolección de residuos y limpieza de alcantarillados, mantenimiento de las vías ferroviarias y limpieza de estaciones de tren, empleos domésticos y de cuidados (en el caso de las mujeres inmigrantes, que trabajaban como limpiadoras, niñeras o cocineras para las familias de las clases acomodadas francesas).

Esos ciudadanos, incluso los hijos de inmigrantes nacidos en Francia, no eran parte de la Francia para los franceses, nunca lo fueron, hoy tampoco. Lo que en parte explica el resentimiento contra la propia sociedad francesa y sus manifestaciones en las calles.

El Mayo francés: estudiantes, obreros y la crónica de una traición

El Mayo del 68 supuso una herida profunda en el liderazgo de Charles de Gaulle y un quiebre en la sociedad francesa que en medio de un paraíso económico contempló la primera batalla cultural después de la posguerra.

¿Qué querían los jóvenes estudiantes y los obreros que acompañaron las marchas y huelgas del Mayo francés?

El Mayo del 68 no fue una protesta por hambre o miseria, sino una rebelión cultural y existencial de una nueva generación -los jóvenes del Baby Boom[4]– contra el modelo de vida que sus padres y de Gaulle habían construido. Francia era económicamente rica, pero socialmente ultraconservadora, rígida y monárquica.

Gracias a la riqueza de las Treinta Gloriosas, miles de hijos de obreros y clases medias pudieron acceder por primera vez a la universidad. Sin embargo, las facultades (como Nanterre o la Sorbona) no estaban preparadas para recibir a tanta gente, las aulas estaban colapsadas y los planes de estudio eran enciclopedistas y napoleónicos.

Lo que empezó en marzo de 1968 en la Universidad de Nanterre como una queja estudiantil por estas normas y por la oposición a la guerra de Vietnam, escaló en mayo debido a la represión de la policía antidisturbios. A las barricadas en el Barrio Latino de París se sumaron los obreros de las fábricas, desatando una huelga general de casi 10 millones de trabajadores de brazos cruzados, congelando los transportes, el suministro de combustible, los puertos y la recolección de residuos que paralizó por completo el país.

Los estudiantes no pedían comida, las consignas eran poéticas e idealistas: «Prohibido prohibir», «Sea realista, pida lo imposible» o «Bajo los adoquines está la playa».

Pero los obreros que apoyaron a los estudiantes pretendían una mejora sustancial para sus condiciones laborales. Cuando las fábricas fueron ocupadas de forma masiva el 16 de mayo, estos obreros extranjeros arriesgaron su permanencia en el país apoyando las huelgas generales. Los inmigrantes incluyeron demandas propias muy específicas, como la eliminación de los “contratos provisionales” discriminatorios a los que eran sometidos.

El Mayo del 68 hubiera sido una revuelta primaveral estudiantil más, si no participaban los obreros que luego fueron invisibilizados.

La entrada de la clase trabajadora -con el rol crucial de los obreros inmigrantes en las grandes fábricas automotrices- fue lo que transformó una revuelta universitaria en una crisis de Estado que paralizó y puso de rodillas a la Francia de Charles de Gaulle.

La unión de los estudiantes con los obreros le dio al movimiento un peso político e institucional destructivo. Obligó al gobierno y a las patronales a sentarse a negociar de urgencia para evitar un colapso total del sistema capitalista francés.

Los sindicatos mayoritarios franceses ignoraron las demandas específicas de los trabajadores de origen colonial, aunque fueron esos mismos obreros quienes sostuvieron las ocupaciones en los momentos más duros.

Penosa crónica de una traición que ha pasado al olvido en la historia que romantiza el Mayo francés y lo evoca como la alianza obrero estudiantil que sueña la izquierda para todo acto revolucionario…

Esos 10 millones de obreros nunca pudieron celebrar el éxito de la revolución que provocaron con su fuerza y arriesgándolo todo.

Aunque de Gaulle logró desactivar las huelgas negociando aumentos salariales con los sindicatos (los Acuerdos de Grenelle) y ganando las elecciones poco después porque la clase media se asustó ante el caos, el Mayo del 68 quebró irremediablemente la legitimidad cultural de la derecha gaullista.

La aparición de la izquierda, Mitterrand, el surgimiento del progresismo y el declive de Francia

La transición del electorado hacia la izquierda en las décadas siguientes se debió a tres procesos encadenados:

• El fin del encanto gaullista: al retirarse de Gaulle, la derecha continuó gobernando, pero ya sin el aura mística de su fundador. La posterior crisis del petróleo de 1973 demostró que la derecha ya no tenía la fórmula del “milagro económico”, trayendo inflación y desempleo por primera vez en treinta años.

• Mitterrand y la unificación de la izquierda (1971-1981): Durante los años 70, el líder socialista François Mitterrand comprendió que para ganarle a la derecha debía recoger las banderas culturales e ideales nacidas en el Mayo del 68 (feminismo, libertades individuales, ecología, deconstrucción del poder) y fusionarlas con las demandas económicas de los trabajadores nativos golpeados por la crisis del petróleo.

• El deseo de alternancia democrática: Para 1981, la derecha llevaba 23 años seguidos gobernando la Quinta República. El electorado francés, ya transformado culturalmente por el espíritu del 68 y cansado de las políticas de ajuste aplicadas tras la crisis de 1973, decidió que era momento de probar una alternativa. Eligieron a Mitterrand buscando democratizar el poder y creyendo en su promesa de un “socialismo a la francesa” que devolviera el optimismo al país.

La paradoja final fue que los franceses del 68 y del 81 utilizaron las libertades y la estabilidad institucional que de Gaulle les construyó para, finalmente, jubilar políticamente a su creador y cambiar el rumbo cultural de la nación.

¿Cómo le fue a Mitterrand con su plan socialista a ultranza?

Mal, le fue mal.

Al asumir en coalición con el partido comunista, Mitterrand aplicó un programa de keynesianismo expansivo y redistributivo al límite: inyectó dinero al consumo, aumentó el salario mínimo, redujo la edad de jubilación a los 60 años e instauró la quinta semana de vacaciones pagas. Además, bajó la jornada laboral por ley a 39 horas.

Implementó nacionalizaciones masivas; el Estado absorbió el control de los principales bancos privados y de grandes conglomerados industriales estratégicos para intentar proteger el empleo. Esta receta socialdemócrata de corte radical provocó el efecto contrario al deseado. Al subir los costos de las empresas francesas por decreto, estas perdieron competitividad en un mercado europeo cada vez más integrado. La inflación se disparó, el déficit comercial se volvió insostenible y los inversores extranjeros entraron en pánico, sacando sus capitales en masa fuera de Francia.

En menos de dos años, el gobierno se vio obligado a devaluar el franco tres veces consecutivas para evitar que la moneda colapsara.

Las reservas de oro y divisas del Banco de Francia cayeron a niveles alarmantes. Mitterrand se enfrentó a un dilema histórico: o cerraba las fronteras económicas de Francia (saliendo del Sistema Monetario Europeo y aislando al país) o aceptaba las reglas del capitalismo global. Eligió el pragmatismo, congeló los salarios, recortó el gasto público y subió impuestos.

Cambió de rumbo de manera drástica en apenas 22 meses (de mayo de 1981 a marzo de 1983), este vertiginoso viraje se conoce como el Tournant de la rigueur (el Giro de la Austeridad) y fue una de las capitulaciones ideológicas más rápidas y profundas de la Europa moderna, provocada por un choque frontal entre las promesas electorales y la realidad financiera internacional.

Ese giro en apenas dos años sepultó para siempre el proyecto de una Francia socialista, fijó el rumbo del país hacia la globalización y un camino de ajustes que en 2026 sigue generando un profundo malestar en las calles francesas.

El “Giro de 1983” marcó el inicio de una doble vía hacia el declive: la renuncia a la soberanía económica y la adopción del progresismo cultural como sustituto de la justicia social.

Comenzó el declive de una Francia que aún siendo rica no pudo resolver ninguno de sus problemas sociales y mantuvo en la marginalidad a la población inmigrante que fue la única con capacidad de crecer demográficamente.

De la derecha a la izquierda llegando al centro sin salida

Luego de 14 años de Mitterrand y el final del liderazgo de izquierda, llegó la oportunidad para la derecha nuevamente, pero en un proceso de gobernabilidad en “cohabitación”, pasaron 4 presidentes, dos de derecha, Chirac y Sarkozy; uno de izquierda Hollande y el último de centro, Macron.

El declive de Francia a lo largo de las últimas cuatro presidencias se resume en la incapacidad del Estado para resolver el desempleo estructural, la pérdida de autoridad frente a la violencia urbana y la acumulación de una deuda que hoy asfixia al país.

El proceso de degradación se refleja en los siguientes hechos significativos de cada mandato:

1.Jacques Chirac (1995-2007) La parálisis y el primer aviso de las periferias: Su gestión quedó marcada por la incapacidad de aplicar reformas debido al miedo a las huelgas, lo que cronificó el desempleo y por el estallido de 2005, en el que Francia vivió su primera gran insurrección en las banlieues (suburbios populares de las periferias francesas donde viven los inmigrantes y sus descendientes), obligando a decretar el estado de emergencia tras la quema de 10.000 autos, evidenciando el fracaso absoluto del modelo de integración de las poblaciones de las excolonias.

2. Nicolas Sarkozy (2007-2012) El inicio de la deuda crónica y la fractura social: Para rescatar a la banca tras la crisis global de 2008, su gobierno disparó el endeudamiento público, llevando la deuda a superar el 80 % del PBI. Su discurso de “mano dura” y la promesa de limpiar las periferias con mangueras a presión polarizaron el país, ganándose el rechazo definitivo de los hijos de inmigrantes y debilitando el respeto hacia las fuerzas de seguridad.

3. François Hollande (2012-2017) El trauma terrorista y el colapso del bipartidismo: Su mandato quedó trágicamente marcado por la herida yihadista, los atentados de Charlie Hebdo y la masacre de París en noviembre de 2015, demostrando la existencia de focos de separatismo islámico radical nacidos dentro del propio territorio francés. Terminó aplicando reformas laborales liberales contrarias a su programa socialista, lo que desplomó su popularidad a mínimos históricos y destruyó al Partido Socialista tradicional.

4. Emmanuel Macron (2017-Presente) La ingobernabilidad y el colapso fiscal: La soga de los más de 3,2 billones de euros. En este otoño de 2026, la deuda pública francesa se mantiene en niveles críticos en torno al 111 % del PBI, lo que ha obligado a diseñar un ajuste presupuestario histórico de unos 60.000 millones de euros para intentar contener el déficit y calmar la presión de los mercados y las agencias de calificación. El enfoque globalista y de austeridad de Macron y el plan de ajuste ejecutado por su primer ministro, Sébastien Lecornu, ha llevado la polarización social al límite. Su mandato ha enfrentado estallidos recurrentes en las calles (desde los Chalecos Amarillos en sus inicios hasta la ola actual de disturbios estudiantiles y universitarios que paralizan al país).

La Francia de Macron (centro) se debate hoy bajo un clima de ingobernabilidad y asalto permanente a las instituciones en las calles.

El balance muestra una Francia políticamente fragmentada y financieramente atrapada, las élites globales acumulan riqueza en París, mientras las clases populares nativas se refugian en el discurso de orden de Marine Le Pen (derecha) y las periferias urbanas de origen inmigrante expresan su frustración quemando colegios, incentivados por la Francia insumisa (izquierda) que encuentra en este descontento la oportunidad de oficiar como catalizador de un sector poblacional cada vez más numeroso.

Todo parece confirmar el quiebre definitivo del modelo social surgido tras la posguerra y una vuelta atrás como en una especie de déjà vu revolucionario.

Me detengo aquí, consciente de que aún faltan aspectos esenciales para comprender lo que está pasando en las calles de Francia: la influencia del progresismo y la batalla cultural que ganó los corazones y las mentes francesas pero no resolvió ningún problema de fondo, el papel del separatismo islámico oportunista y determinado a establecer su poderío, el problema demográfico serio de la mano de la incongruencia de un país rico con tanto déficit económico y problemas sociales como el desempleo, la marginalidad, etc.…

Me prometo abordar estos aspectos en el próximo texto.

Cierro con una recomendación de lectura (quizá debería haber comenzado por ella), es la novela de Alice Zeniter titulada El arte de perder.[5]

Es una historia indispensable para la comprensión de un tejido social que viene rascando heridas profundas sin que sanen ni se conviertan en cicatrices dignas.

La novela narra la historia de una familia argelina que debió emigrar a Francia huyendo de las matanzas a su pueblo, los harkis (aquellos argelinos que lucharon en el ejército francés durante la guerra de Independencia de Argelia) quedaron atravesados por la injusticia de no poder volver a su tierra y ser siempre extranjeros para el país que defendieron. La historia comienza con la nieta, nacida francesa y atraviesa todo el arco de la discusión sobre racismo, colonialismo e integración cultural.

Esta familia vive atrapada en una doble tragedia: son considerados traidores en su Argelia natal y ciudadanos de segunda clase en Francia, confinados durante años en campos de tránsito miserables, abandonados tanto por los sectores de izquierda como de derecha.

Los usaron primero como soldados y luego como obreros, los instalaron en barrios periféricos y los ignoraron.

La perspectiva de Naïma, la nieta, representa el choque del “no ser de aquí ni de allá” y cómo el modelo de asimilación republicano francés falló estructuralmente. Sus abuelos vivieron en el silencio y la sumisión para “agradecer” el asilo, mientras trabajaban en las fábricas de las Treinta Gloriosas. La abuela nunca aprendió a hablar en francés y murió con la nostalgia clavada en su pecho por su tierra. La nieta no habla árabe, no conoce el país de sus abuelos, pero el racismo sistémico de la Francia actual le recuerda constantemente que su piel y su apellido tienen un origen que el propio Estado prefiere olvidar.

La nieta en la novela encarna a la generación de los estudiantes que hoy bloquean los liceos y se manifiestan en la Plaza de la República. Son jóvenes nacidos franceses, educados bajo las promesas de la Libertad, Igualdad y Fraternidad, pero perpetúan la discriminación laboral, la precariedad económica y la segregación urbana.

La Francia revolucionaria, la de las revueltas y los gritos de libertad viene cargando con las mentiras que se dijo a sí misma y cada una de ellas le abofetea en la cara mientras repite su credo laico cada vez más deteriorado.

Los inmigrantes que nunca han accedido a ser considerados franceses han acumulado décadas de resentimiento y abandono.

¿Sus hijos hoy, portarán la nueva guillotina?


[1] https://isabelbohorquez.com/2026/10/04/la-caida-de-la-vieja-dama/

[2] Las Treinta Gloriosas (Les Trente Glorieuses): Expresión acuñada por el economista francés Jean Fourastié para referirse al período de fuerte crecimiento económico, industrialización y elevación del nivel de vida experimentado en Francia entre 1945 y 1975, tras la Segunda Guerra Mundial.

[3] HLM (Habitation à loyer modéré): Vivienda de alquiler moderado o social en Francia, construidas masivamente durante la posguerra en los suburbios (banlieues) para albergar a obreros y familias inmigrantes.

[4] https://journals.openedition.org/mcv/321

[5] Alice Zeniter, El arte de perder, Narrativa, Salamandra, Navarra, 2019.

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