La caída de la Vieja Dama

De la Revolución Francesa a la Francia Insumisa

Isabel Bohorquez

Gracias al Memo de Mendoza por confiar siempre https://www.memo.com.ar/opinion/analisis-bohorquez-crisis-francia-educacion/

Francia arde y enfrenta en sus calles una oleada de protestas estudiantiles y bloqueos que ponen tensión al gobierno de Macron, pero por sobre todas las cosas, pone en evidencia -y nos advierte- sobre la paradoja que vive Occidente y que debe despabilarnos de una vez por todas.

La aparente causa detonante es la crisis educativa, ya que las protestas comenzaron en institutos secundarios y se extendieron a universidades debido a la escasez de profesores y la falta de personal de apoyo.[1]

Ha habido una importante pérdida de clases, casi el 10 % de las horas lectivas no se impartieron en escuelas secundarias públicas durante el curso anterior, lo que desató la furia de alumnos y padres, además de las críticas sobre el deterioro general del sistema educativo[2].

Más de 1.000 escuelas se han visto afectadas, con miles de arrestos acumulados en todo el país. Un alto porcentaje de los arrestados en las movilizaciones y bloqueos son menores de edad vinculados a los institutos de secundaria.

¿Qué les pasa a los franceses? ¿Qué significa esta violencia en las calles?


Cualquier intento de comprender estos hechos nos remiten a su historia, ya que Francia no solo es el escenario de las protestas actuales, sino también el laboratorio histórico donde nació la propia distinción entre la izquierda y la derecha. Los disturbios estudiantiles y la profunda polarización que vive el país en 2026 resuenan como un eco de los mismos conflictos que dieron origen a la República Francesa.

El mito fundacional de la revuelta de calle, donde la protesta masiva no es vista como una anomalía, sino como un mecanismo de participación democrática legítimo heredado directamente de 1789, 1830, 1848 y el Mayo del 68.

El ADN de una sociedad fragmentada y su quimera de Francia para los franceses

La historia de Francia los últimos 200 años, es la historia de una dualidad que impregnó al mundo occidental y que va mucho más allá de las quejas puntuales sobre el calendario escolar o las aulas frías.

El estallido social responde a una combinación de tensiones socioeconómicas y dinámicas políticas complejas actuales, pero también responde a lo que la Francia para los franceses ha significado desde el origen de la Revolución Francesa que dividió al mundo en izquierda y derecha (y que hemos abordado en textos anteriores)[3].

Ese ambicioso proyecto de desplazar a la monarquía y la iglesia católica para asumir la conducción de una república que apenas nacida mandó a sus propios aliados a la guillotina y generó en su núcleo interno una tiranía aún peor y más sangrienta que la que decían combatir, dio lugar a una matriz que arraigó con todas sus contradicciones.

Francia nunca curó esas heridas.

Tampoco sanó -ni redimió- sus culpas como imperio colonialista que tantas injusticias provocó fuera de su territorio continental.

¿Puede una nación arrastrar sus males por siglos y repetir sus errores, incluso profundizarlos?

Sí, claro que puede. Y aquí lo estamos viendo, en el reflejo de una Francia que cae más y más por el peso de sus propias contradicciones.

La izquierda francesa; la de la igualdad, la libertad y la fraternidad; aquélla que enarboló la bandera de la justicia social (para sus ciudadanos), la que se convirtió en símbolo de fuerza revolucionaria; la que cimentó el espíritu rebelde que tuvo sus cauces heroicos en la resistencia francesa de la segunda guerra mundial con un papel protagónico en la liberación del país…

Es también la izquierda que basada en esos mismos principios, durante el siglo XVIII (la izquierda de 1789) proclamaron los Derechos del Hombre y del Ciudadano, pero inicialmente no aplicaron estos derechos a las colonias debido a la presión económica de los terratenientes[4].

Durante el siglo XIX, la izquierda moderada y republicana participó activamente en la expansión colonial. Líderes de la izquierda, como el primer ministro Jules Ferry, justificaron la colonización de África y Asia bajo la idea de que la Francia republicana, cuna de las luces, tenía el deber moral de llevar el progreso, la educación laica y los valores universales a los pueblos que consideraban rezagados a través de una “misión civilizadora”.

Argumento muy conveniente para justificar la explotación y el enriquecimiento de un país a expensas de otros…

El beneficio real de Francia se basó en tres ejes estratégicos 1- económicos, 2- geopolíticos y 3- demográfico-militares:

1. Beneficios económicos (capitalismo e industrialización): la colonización funcionó como un motor clave para consolidar la Segunda Revolución Industrial en Francia a través del acceso exclusivo a materias primas. Francia obtuvo un suministro masivo, constante y a bajo costo de recursos esenciales que no poseía en su territorio. Esto incluyó el caucho de Indochina que fue vital para el auge de la naciente industria automotriz como los neumáticos de la empresa francesa Michelin, por ejemplo; el algodón y el fosfato del norte de África; así como aceites vegetales y minerales del África subsahariana.

Mientras tanto, mantuvieron los mercados cautivos para la industria, ya que las colonias se convirtieron en mercados obligatorios para los productos manufacturados franceses (textiles, maquinaria y metalurgia), a través de políticas aduaneras proteccionistas, Francia prohibió a sus colonias comerciar libremente con otras potencias, asegurando un monopolio comercial. Y los grandes bancos y financieros franceses encontraron en las colonias un terreno fértil de alta rentabilidad para invertir en infraestructuras (ferrocarriles, puertos y canales como el de Suez), maximizando sus ganancias con el respaldo del ejército del Estado.

2. Beneficios geopolíticos y de prestigio nacional: tras la humillante derrota de Francia ante Prusia en 1870 (donde perdió los territorios de Alsacia y Lorena), el país necesitaba recuperar su estatus de superpotencia global. La construcción del segundo imperio colonial más grande del mundo (solo por detrás del británico) demostró al mundo y a los propios franceses que el país seguía siendo una potencia de primer orden, restaurando su orgullo nacional.

Además de tener control de rutas marítimas y comerciales, ya que la posición estratégica de sus colonias en el Sudeste Asiático (Indochina), el Caribe y puntos clave de África (como Yibuti en el Cuerno de África o el dominio del Magreb) le permitió a Francia controlar los flujos del comercio global y establecer bases navales en todos los océanos.

3. Beneficios demográficos y fuerza militar: la población francesa crecía a un ritmo mucho más lento que la de sus rivales (especialmente el imperio alemán). El imperio colonial compensó esta debilidad con el “efecto reservorio” (Force Noire). Francia utilizó a la población colonizada como mano de obra y, de manera crucial, como fuerza militar. Cientos de miles de soldados coloniales (como los tiradores senegaleses o los regimientos del norte de África) engrosaron las filas del ejército francés y resultaron vitales para defender los intereses del país en conflictos posteriores, incluida la Primera Guerra Mundial.

Aquí la Francia para los franceses se concretaba a través del poderío de un imperio y la consolidación de un modelo cultural y político a ser imitado por el resto del mundo occidental.

Pero si hacemos un balance histórico ¿quién se benefició realmente?

Mientras que el Estado francés asumió los enormes costos públicos de mantener los ejércitos, la administración y la infraestructura colonial a base de los impuestos de los ciudadanos franceses, las grandes empresas privadas, las navieras, los bancos y las élites industriales fueron quienes concentraron las ganancias netas de la explotación colonial…

Fue recién a finales del siglo XIX y principios del XX cuando sectores de la izquierda socialista (como Jean Jaurès) y, posteriormente, el Partido Comunista Francés, empezaron a condenar el colonialismo de manera absoluta, calificándolo como una herramienta de explotación capitalista.

El verdadero interés del Partido Comunista Francés (PCF) para combatir el colonialismo no respondía a un impulso humanitario, sino a una estrategia geopolítica e ideológica rigurosamente planificada.

Para el comunismo del siglo XX, la lucha anticolonial era un componente obligatorio y pragmático para alcanzar la revolución global. Sus verdaderos intereses e intenciones se estructuraban bajo el mandato obligatorio de Moscú -condiciones de la Comintern- que fueron aceptadas por la izquierda francesa.

Cuando el PCF se fundó en 1920 en el Congreso de Tours, debió aceptar las 21 condiciones impuestas por Lenin para formar parte de la Tercera Internacional (Comintern). La octava condición obligaba explícitamente a los partidos comunistas a denunciar el imperialismo de sus propios países y a apoyar activamente la liberación de las colonias. El PCF combatió el colonialismo porque era un requisito indispensable para recibir el respaldo, el financiamiento y la legitimidad de la Unión Soviética.

El otro punto central fue el debilitamiento del capitalismo desde sus “raíces económicas”. Siguiendo las tesis de Lenin sobre el imperialismo como la “fase superior del capitalismo”, los comunistas entendían que las potencias occidentales como Francia sostenían sus economías gracias a la explotación de mano de obra barata y materias primas en África y Asia.

Al impulsar la independencia de las colonias, el PCF buscaba cortar el flujo de riqueza que alimentaba a la burguesía francesa, privando al capitalismo francés de su imperio colonial y provocando una crisis económica interna para crear así las condiciones de miseria y descontento necesarias de manera que los obreros franceses iniciaran la revolución socialista.

Otra vez, la revolución como eje y motor de la historia.

O sea, la expansión colonialista que la izquierda republicana impulsó y que trajo crecimiento económico y geopolítico para Francia, fue luego censurada por la facción de la izquierda asimilada al comunismo soviético para fomentar una revolución obrera que además requería de sus nuevos aliados: los colonizados explotados.

Cerraba perfectamente el círculo marxista en contra del capitalismo y se diseñaba la perfecta revolución francesa -los obreros industriales del norte global y los pueblos oprimidos del sur global- versión siglo XX.

El PCF argumentaba que el soldado obrero francés enviado a reprimir revueltas en Marruecos (como en la Guerra del Rif en los años 20) y el campesino colonizado compartían el mismo enemigo: la oligarquía de París.

El verdadero interés era usar los conflictos coloniales para fomentar el “derrotismo revolucionario” dentro del propio ejército francés, instando a los soldados a rebelarse contra sus oficiales.

El PCF utilizó la causa anticolonial para atraer a intelectuales y activistas de las colonias que residían en París, convirtiéndose en una academia de formación para futuros líderes revolucionarios. El caso más célebre fue el de Nguyen Ai Quoc, quien más tarde adoptaría el nombre de Ho Chi Minh y lideró la revolución e independencia de Vietnam.

Pese a sus principios doctrinales, el interés del comunismo francés fluctuó según las necesidades de la Unión Soviética, primero mantuvieron una postura radical y combativa, oponiéndose firmemente a las guerras coloniales francesas en Marruecos y Siria.

Luego en los años 30 y 40 y ante el auge de Adolf Hitler, Moscú ordenó priorizar las alianzas contra el fascismo. Para no fracturar la unidad nacional de Francia (aliada estratégica contra la Alemania nazi), el PCF moderó considerablemente su discurso anticolonial.

Esta postura doctrinaria alineada al comunismo ruso, se alejó de la Francia para los franceses por sus aspiraciones revolucionarias a nivel global, aunque mantuvieron la bandera de izquierda francesa.

La Segunda Guerra Mundial los puso en un lugar diferente, nacionalista y libertador.

Tras la invasión nazi, el PCF organizó los Franc-Tireurs et Partisans (FTP). Fueron una de las facciones guerrilleras más activas, combativas y disciplinadas de la resistencia interna, realizando sabotajes a vías férreas, emboscadas a convoyes alemanes y ajusticiamientos de oficiales nazis.

A los comunistas franceses se le sumaron los socialistas moderados, antiguos militantes del partido socialista (SFIO) que fundaron redes de resistencia civil clave como Libération-Nord e Insoumis, dedicadas a la propaganda clandestina, la falsificación de documentos y la inteligencia.

En 1943, Jean Moulin (enviado por el general Charles de Gaulle desde Londres) logró unificar a las guerrillas de izquierda (comunistas y socialistas) con los movimientos de derecha y centro-derecha en el Consejo Nacional de la Resistencia (CNR). Esta alianza de unidad nacional permitió coordinar la insurrección popular que facilitó la liberación de París en 1944.

Esto explica por qué la izquierda actual en Francia reivindica con tanto orgullo su papel en la Segunda Guerra Mundial (como defensores de la libertad y la patria frente al fascismo), mientras que su pasado colonial del siglo XIX sigue siendo objeto de intensos debates, autocríticas y revisionismo histórico dentro de sus propias filas.

A partir de la posguerra volvió a resurgir la Francia para los franceses.

En la recuperación del país, corrió sangre francesa por las calles.

Comenzó lo que se dio en llamar la “épuration» (la depuración) y la venganza social

Antes de estabilizar las leyes, el país pasó por una fase traumática de rendición de cuentas contra quienes colaboraron con el régimen títere de Vichy y los ocupantes alemanes. En los meses de la liberación, se desató la épuration sauvage (depuración salvaje). Hubo miles de ejecuciones extrajudiciales de colaboradores y se rapó públicamente la cabeza a unas 20.000 mujeres acusadas de “colaboración horizontal” (relaciones con soldados alemanes). Posteriormente se crearon tribunales que procesaron formalmente a más de 120.000 personas.

Francia inició en la posguerra su mayor etapa de despegue económico del siglo XX, bautizada como las Trente Glorieuses (los Treinta Años Gloriosos).

A través del Plan Marshall, recibió miles de millones de dólares de Estados Unidos que sirvieron para reconstruir vías ferroviarias, puertos y ciudades reducidas a escombros.

El Estado tomó el control de sectores estratégicos para asegurar la reconstrucción nacional, se nacionalizaron la infraestructura energética (creando Électricité de France), los grandes bancos, las minas de carbón y fábricas cuyos dueños colaboraron con los nazis, como la automotriz Renault.

En este período nació el moderno Estado de Bienestar francés, incluyendo la creación de la Seguridad Social (Sécurité Sociale) y, un hito fundamental, el otorgamiento formal del derecho al voto a las mujeres en 1944.

Colapsó el imperio colonial, Francia se empeñó en recuperar sus territorios en el sudeste asiático, lo que derivó en una sangrienta guerra contra las guerrillas comunistas de Ho Chi Minh, culminando en la humillante derrota francesa en la batalla de Dien Bien Phu. en Indochina (1946-1954).

Con el estallido de la guerra de independencia argelina (1954-1958), que polarizó por completo a la sociedad francesa y ante el peligro inminente de una guerra civil y un golpe de Estado militar perpetrado por los generales franceses en Argel, los políticos de París tuvieron que llamar de urgencia a Charles de Gaulle en 1958 para que tomara el control absoluto, liquidara la Cuarta República y redactara la constitución de la actual Quinta República.

Charles de Gaulle fue un hombre de derecha, pero con características tan particulares que su ideología dio origen a una corriente política única en el mundo: el gaullismo.

Su pensamiento no encajaba en el molde tradicional del conservadurismo o el liberalismo económico.

Se le clasifica de derecha por tres razones fundamentales: en primer lugar, su nacionalismo y su interés por la soberanía nacional

El núcleo de toda su filosofía era “una cierta idea de Francia”. Creía fervientemente en el orgullo patriótico, la grandeza de la nación, la preservación de la identidad histórica francesa y la independencia geopolítica absoluta (llegando a retirar a Francia del mando militar de la OTAN). Para él, la patria estaba por encima de las clases sociales o los partidos, un principio clásico del pensamiento nacionalista de derecha.

En segundo lugar, su defensa de la autoridad y las instituciones fuertes. De Gaulle despreciaba el caos parlamentario y la debilidad de los gobiernos. Diseñó la Constitución de la Quinta República (la que rige hoy) para dotar al presidente de poderes excepcionales y una autoridad vertical. Sostenía que un Estado fuerte, centralizado y con un liderazgo claro era la única forma de mantener el orden y evitar la decadencia del país.

En tercer lugar, su anticomunismo. Durante la guerra fría, de Gaulle fue un firme opositor al bloque soviético y al Partido Comunista Francés (PCF) en el plano interno. Aunque era pragmático en política exterior y negociaba con Moscú o Pekín para demostrar la independencia de Francia frente a Estados Unidos, a nivel doméstico consideraba al comunismo una ideología totalitaria extraña a los valores franceses.

¿Por qué no era una derecha tradicional?

A pesar de sus valores conservadores y patrióticos, de Gaulle aplicó políticas económicas que la derecha liberal actual rechazaría por completo, aproximándose al keynesianismo.

Creía que el libre mercado absoluto era incapaz de reconstruir la nación. Por ello, impulsó un modelo donde el Estado planificaba la economía, controlaba los precios y gestionaba las grandes industrias estratégicas (energía, transporte, aviación) y sostenía que las clases trabajadoras debían estar integradas en el proyecto nacional. Bajo su mandato se consolidó el robusto Estado de bienestar francés, defendiendo la sanidad pública, las pensiones y la educación gratuita como herramientas de cohesión social.

Esta es la matriz de lo que hoy conocemos como la estructura estatal en crisis, con el fantasma del colonialismo que ha subsistido en generaciones de inmigrantes, con una izquierda que perdió la revolución, pero ganó la batalla cultural de la mano del anti-occidentalismo, la intersectorialidad, el wokismo y una bizarra alianza con el islamismo, deteriorando a riesgo de la extinción a la Francia para los franceses.

La caída de la Vieja Dama parece inminente.

¿Podrán los franceses salvar su Francia?

La segunda parte de este texto intentará reflexionar sobre una respuesta posible.


[1] https://www.dw.com/es/las-protestas-estudiantiles-se-propagan-en-francia/a-79526317

[2] https://www.elmundo.es/internacional/2026/10/02/6abf8cdcfc6c83ba1b8b459d.html

[3] https://isabelbohorquez.com/2026/03/01/el-origen-de-la-politica-moderna-que-dividio-al-mundo/

https://isabelbohorquez.com/2026/03/08/la-revolucion-traicionada/

https://isabelbohorquez.com/2026/03/15/la-brujula-inquieta/

[4] Recién en el año 1794, y por la rebelión de los esclavos en Saint-Domingue (hoy Haití), la Convención Nacional liderada por Maximilien Robespierre abolió formalmente la esclavitud, un hito histórico de la izquierda radical de la época.

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