¿Cómo nos deshacemos de la cosa maligna?
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Isabel Bohorquez
Para quienes sean muy jóvenes como para haber visto la película “Los dioses deben estar locos” titulada en inglés como The Gods Must Be Crazy, les anticipo que es una popular comedia del año 1980 escrita y dirigida por el sudafricano Jamie Uys.
La historia comienza cuando un piloto de avioneta arroja una botella de vidrio de Coca-Cola y esta cae en el desierto del Kalahari; es encontrada por una tribu de bosquimanos que vivía en perfecta armonía y sin sentir carencias -aún con lo difícil que podían resultar las condiciones en las que habitaban- y era liderada por el sabio Xi. Al ser algo duro y útil, lo consideraron un regalo de los dioses y como solo había una botella, la tribu empieza a experimentar por primera vez sentimientos ajenos a su vida pacífica: celos, envidia, peleas y el deseo de posesión.
Muchas de las tareas que antes hacían de otra forma, ahora sienten que no pueden hacerlas sin la botella (amasar, moler raíces, ablandar pieles, hacer música, etc.) cambiando la vida de la comunidad al punto que siembra la discordia y el olvido de las pautas de convivencia pacíficas que antes tenían. Como en su entorno no hay piedras ni vidrio, la botella se convierte en un objeto único de gran utilidad. Al haber un solo objeto valioso para toda la tribu, surge por primera vez la avaricia y la violencia.
Por eso su líder Xi decide viajar al “fin del mundo” para devolver la cosa maligna a los dioses y recuperar la paz en su comunidad, en su camino se cruza con un científico torpe, una maestra de escuela y un grupo de guerrilleros.
El mensaje central de la película utiliza a esta comunidad como un espejo para realizar una sátira sobre el materialismo, el consumismo sin límites y la absurda complejidad de la sociedad moderna (hace 46 años).
Por mi parte, tomo esta metáfora para reflexionar sobre “la cosa maligna” que nos atraviesa en Occidente actualmente, que nos ha llevado al olvido de nuestra fuente[1] y de nuestra manera de ser y vivir, al punto que el sentimiento que impera es el de la catástrofe inminente.
Los pronosticadores de desgracias, aún con diagnósticos muy precisos, hablan del fin de la civilización occidental, del fin de Europa y del fin de América del Norte (el sur, el sur global, al parecer todavía es una chance para la humanidad).
Los pensadores contemporáneos, analistas e investigadores, coinciden en que la crisis es generalizada (para Occidente) y que es de una magnitud tal, que está haciendo peligrar nuestro estilo de vida.
¿Podremos hacer como la comunidad bosquimana y deshacernos de la cosa maligna que nos ha llevado a este estado de situación?
¿Cuál es aquella cosa maligna de la que debemos deshacernos?
La primera gran moraleja de la película aplicable a los conflictos occidentales actuales es que la tecnología y la abundancia material no solucionan el vacío existencial, sino que -por el contrario- crean nuevas formas de ansiedad, división y dependencia.
Si trasladamos la metáfora de la botella de Coca-Cola a la sociedad hiperconectada de hoy, en esta era digital de redes sociales y algoritmos se evidencia que sin ser malas en sí mismas, nuestra sociedad -sin la solvencia ética suficiente- no ha sabido gestionar este recurso. Introducir herramientas tecnológicas potentes sin una preparación ética o comunitaria puede destruir el tejido social, nos obsesionamos con «poseer» visibilidad o tener la razón en debates online, generando la misma envidia y polarización que sufrió la tribu de Xi.
Occidente, particularmente algunos países de Europa, así como Estados Unidos, se identificaron profundamente con la noción de abundancia, de poderío, de prestigio por sobre otras naciones. Ese primer mundo, mundo de países desarrollados, mundo de países potencias.
La tremenda paradoja de esa visión de si mismos es que la carencia es omnipresente. Los bosquimanos vivían en un desierto hostil, pero para ellos reinaba la abundancia porque sus deseos estaban alineados con lo que la naturaleza les daba.
Occidente, a pesar de tener niveles de riqueza históricos, no puede resolver sus problemas internos de pobreza, injusticia social y segregación. El conflicto no nace de la falta de recursos, sino de la multiplicación infinita de deseos artificiales.
¿Nuestra “cosa maligna” es el modelo económico basado en el crecimiento infinito y la explotación desmedida de recursos?
Occidente diseñó un sistema que trata al planeta como si fuera inagotable, y ahora el cambio climático y la pérdida de biodiversidad amenazan la supervivencia misma de nuestra civilización.
Aprender a definir qué es «suficiente» -tanto a nivel individual como geopolítico- es la única vía para frenar la escalada de tensiones y alcanzar un crecimiento ecuánime y en equilibrio con la naturaleza.
¿Será esta ambición material, esta modorra propia de una sociedad habituada al confort y a la abundancia, este desproporcionado afán de posesión, aquella cosa maligna de la que debemos deshacernos?
La segunda moraleja es la resolución de los conflictos que se plantea al decidir qué hacer con la botella.
En la tribu, la botella hizo que dejaran de hablar y empezaran a golpearse por poseer el objeto. La sociedad de Xi usa la palabra, el consenso y -cuando algo hace daño- simplemente se decide alejarlo del grupo.
Occidente aprendió a usar leyes complejas, juicios, cárceles y armas. También aprendió el recurso de la libertad violenta, del gesto ofensivo y del lenguaje destructivo.
Occidente sufre una crisis de confianza institucional porque las soluciones a los problemas cotidianos se han vuelto ineptas.
La metáfora nos invita a recuperar el diálogo directo, la visión comunitaria y la noción de bien común en lugar de polarizar cada diferencia. Y nos enseña a “soltar la botella”: Xi decide hacer una larga y peligrosa travesía solo para deshacerse de lo que les hace daño. No intenta acumular más botellas, ni adaptase a vivir en conflicto; decide que la paz de su comunidad vale más que la utilidad del objeto.
A veces, el verdadero progreso consiste en tener el coraje colectivo de desmantelar, regular o abandonar aquello que demostró ser pernicioso para la convivencia.
La gran amenaza actual es la pérdida de un terreno común de verdad y diálogo. La “cosa maligna” es la cultura del tribalismo ideológico, donde el objetivo ya no es resolver los problemas del país mediante el consenso, sino “vencer y anular” al bando contrario a cualquier precio.
¿Aquella cosa maligna es todo lo que hemos aprendido en esta libertad para el ejercicio del mal (en palabras de Solzhenitsyn)?
En estas metáforas, la cosa maligna no es un objeto físico concreto -ni entidad- sino nuestra debilidad y nuestra estupidez convertida en estilo de vida.
Sin embargo, del mismo modo que la botella es para los bosquimanos, como elemento externo, en apariencia indestructible, de origen divino, nuestra sociedad occidental creó sus propios dioses (también indestructibles en apariencia), ajenos a su fuente fundacional, que parecen haberse vuelto locos, por lo que nuestros enemigos están aprovechando la fragilidad y la inestabilidad en la que nos hemos sumido.
¿Qué dioses? Los de la individualidad extrema, de la autodeterminación más allá de cualquier límite biológico, social o cultural, del consumismo y de la banalidad, del victimismo sectario y de la apología de lo bizarro y de la muerte en todas sus expresiones, de la enajenación de lo patriótico y lo tradicional, de la premisa antisistema y anti institucional como expresión liberadora…
Hoy hay dioses que tienen banderas, colores identificatorios, letanías que se rezan y liturgias que se celebran en las calles, rindiéndoles culto.
En nombre de esos dioses, se han perdido miles y miles de subjetividades.
En nombre de esos dioses, sectores enteros de las sociedades occidentales están peregrinando hacia su propia aniquilación.
Y los enemigos de Occidente se refriegan las manos de satisfacción.
¿Será entonces la cosa maligna este olvido de la fuente convirtiendo cada altar callejero en un pequeño Olimpo feroz y destructivo?
Ya hemos descripto en otros textos[2], cómo Rusia, China y los países islámicos radicales (del eje de la resistencia islámica) tienen interés en el declive de Occidente. Por motivos diferentes pero convergentes, estos países consideran que la “locura occidental” debe ser sometida geopolíticamente, comercialmente, social y culturalmente. Aumentando nuestra dependencia tecnológica y energética, avanzando sobre los territorios e instalando formas de vida cada vez más imperantes por sobre los valores fundacionales que hasta aquí, o hemos olvidado (aunque nos sigan identificando) o hemos defendido con demasiada tibieza.
En la película, culpar a la botella no resolvía el problema; la tribu tuvo que reconocer que el objeto había alterado su propia naturaleza.
Llevado a la geopolítica, la metáfora puede sugerirnos que las amenazas de China, Rusia o el islamismo radical no prosperan en el vacío, sino que se alimentan de las crisis internas de Occidente. La verdadera defensa, bajo esta perspectiva, no radica solo en confrontar el exterior, sino en resolver las contradicciones internas que debilitan el propio tejido social.
Vamos a volver (en otro texto) sobre las amenazas externas porque el grado de focalización en las diferentes sociedades a veces es tan sesgado que no ven pasar el elefante frente a sus ojos.
Un mundo dividido
El escritor y disidente ruso Aleksandr Solzhenitsyn -que mencioné anteriormente respecto a la libertad para el ejercicio del mal- en su discurso en la Universidad de Harvard en 1978, nos advirtió sobre un mundo dividido y dio indicios que merecen ser considerados.
¿Quién fue Aleksandr Solzhenitsyn?

Fue uno de los escritores, historiadores y disidentes rusos más importantes del siglo XX, mundialmente reconocido por desenmascarar la crueldad del sistema de campos de concentración soviético.
Originalmente se graduó en Matemáticas y Física y sirvió con honores como oficial de artillería en el Ejército Rojo durante la Segunda Guerra Mundial. Sin embargo, su vida cambió drásticamente cuando fue arrestado por el propio régimen al que defendía. A partir de allí, se dedicó por completo a la literatura testimonial e histórica, convirtiéndose en la voz moral de las víctimas del comunismo. Su colosal impacto cultural le valió el Premio Nobel de Literatura en 1970.
En 1945, hacia el final de la Segunda Guerra Mundial, el servicio de inteligencia interceptó una carta privada que Solzhenitsyn le había enviado a un amigo. En ella, criticaba la competencia militar de Iósif Stalin. Por este hecho fue condenado a ocho años de trabajos forzados en el sistema penitenciario (Gulag), una experiencia que marcó el resto de sus días y definió su obra.
En 1962, durante un breve período de apertura política bajo el mandato de Nikita Jrushchov, se le permitió publicar Un día en la vida de Iván Denísovich, la primera novela que describía la cruda realidad de un preso en los campos stalinistas. No obstante, el régimen endureció las políticas poco después y prohibió sus siguientes libros, como El primer círculo y Pabellón del cáncer. Desafiando la censura, Solzhenitsyn distribuyó copias manuscritas de forma clandestina dentro de Rusia (método conocido como samizdat) y las envió en secreto al extranjero.
El detonante definitivo para las autoridades soviéticas fue la publicación en París (1973) de su obra cumbre, Archipiélago Gulag. Este monumental informe histórico y literario demostraba con pruebas, estadísticas y testimonios de más de 200 sobrevivientes que los campos de concentración no eran un simple “exceso” temporal de Stalin, sino una columna estructural y sistemática de todo el Estado comunista desde la época de Lenin.

Incapaz de desmentir el libro y ante el enorme costo político que implicaría volver a encarcelar a un Premio Nobel, el gobierno soviético optó por acusarlo de traición a la patria, despojarlo de su ciudadanía y deportarlo inmediatamente a Alemania Occidental, iniciando así sus 20 años de exilio en Occidente.
Solzhenitsyn con su obra y su influencia, (…) “destrozó el entusiasmo que la izquierda europea había mantenido durante mucho tiempo por el eurocomunismo: un comunismo moderado, pero aún prosoviético”[3].
Es así como exiliado y siendo recibido con los brazos abiertos por los países occidentales, llega a dar su célebre discurso en Harvard en 1978[4].
Sin embargo, nuestro autor, lejos de elogiar todo lo que provenía de Occidente, manifestó sus críticas también al egocentrismo y la autocomplacencia occidental. Él cuestionaba con la misma dureza tanto al comunismo soviético como al materialismo capitalista de Occidente.
Si bien denunció la represión brutal, la aniquilación de la libertad humana y el intento sistemático de arrancar la espiritualidad de la sociedad para sustituirla por el ateísmo de Estado de parte de la Unión Soviética de entonces, censuró también lo que consideraba de parte de Occidente, un sistema que ponía los deseos materiales del ser humano por encima de cualquier responsabilidad moral o espiritual, generando una sociedad fragmentada, hedonista y legalista.

Me interesa destacar aquí algunos pasajes de su discurso:
Sobre la exitosa expansión occidental y su posterior deuda
“Hace relativamente poco tiempo, el pequeño mundo de la Europa moderna se apoderaba fácilmente de colonias por todo el planeta, no sólo sin prever ninguna resistencia real, sino normalmente con desprecio por cualquier posible valor en el enfoque de la vida de los pueblos conquistados. Todo parecía un éxito abrumador, sin límites geográficos. La sociedad occidental se expandió en un triunfo de la independencia y el poder humanos. Y de repente, el siglo XX trajo la clara constatación de la fragilidad de esta sociedad. Ahora vemos que las conquistas demostraron ser efímeras y precarias. Las relaciones con el antiguo mundo colonial han pasado ahora al extremo opuesto y el mundo occidental muestra a menudo un exceso de obsequiosidad, pero es difícil aún calcular el tamaño de la factura que los antiguos países coloniales presentarán a Occidente y es difícil predecir si la rendición no sólo de sus últimas colonias, sino de todo lo que posee, será suficiente para que Occidente salde esta cuenta”.
Sobre la cobardía occidental
“El declive de la valentía puede ser el rasgo más llamativo que un observador externo perciba en el Occidente actual. El mundo occidental ha perdido su coraje cívico, tanto en su conjunto como por separado, en cada país, en cada gobierno, en cada partido político y, por supuesto, en las Naciones Unidas. Este declive del coraje es particularmente notable entre las élites gobernantes e intelectuales, lo que provoca una impresión de pérdida de coraje por parte de toda la sociedad. Quedan muchos individuos valientes, pero no tienen una influencia determinante en la vida pública. Los funcionarios políticos e intelectuales exhiben esta depresión, pasividad y perplejidad en sus acciones y en sus declaraciones, y más aún en sus razonamientos interesados sobre lo realista, razonable e intelectual e, incluso, moralmente justificado que resulta basar las políticas estatales en la debilidad y la cobardía. Y la decadencia del valor, que a veces alcanza lo que podría calificarse de falta de hombría, se ve irónicamente acentuada por ocasionales arrebatos de audacia e inflexibilidad por parte de esos mismos funcionarios cuando tratan con gobiernos débiles y con países que carecen de apoyo, o con corrientes condenadas que claramente no pueden ofrecer ninguna resistencia. Pero se traban la lengua y se paralizan cuando tratan con gobiernos poderosos y fuerzas amenazantes, con agresores y terroristas internacionales.
¿Hay que recordar que, desde la antigüedad, la disminución del coraje se ha considerado el primer síntoma del fin?”
Finalmente, sobre la libertad
“La sociedad occidental actual ha puesto de manifiesto la desigualdad entre la libertad para las buenas acciones y la libertad para las malas acciones. Un estadista que quiera lograr algo importante y altamente constructivo para su país tiene que moverse con cautela e incluso con timidez; miles de críticas precipitadas (e irresponsables) se aferran a él en todo momento; es constantemente desairado por el parlamento y la prensa. Tiene que demostrar que cada uno de sus pasos está bien fundamentado y es absolutamente impecable. De hecho, una persona excepcional, verdaderamente grande, que tenga en mente iniciativas inusuales e inesperadas no tiene ninguna oportunidad de imponerse; decenas de trampas le serán tendidas desde el principio. Así triunfa la mediocridad bajo la apariencia de restricciones democráticas.
En todas partes es factible y fácil socavar el poder administrativo y, de hecho, se ha debilitado drásticamente en todos los países occidentales. La defensa de los derechos individuales ha llegado a tales extremos que hace que la sociedad en su conjunto esté indefensa ante determinados individuos. Es hora, en Occidente, de defender no tanto los derechos humanos como las obligaciones humanas.
Por otra parte, se ha concedido un espacio ilimitado a la libertad destructiva e irresponsable. La sociedad ha resultado tener escasas defensas contra el abismo de la decadencia humana, por ejemplo, contra el mal uso de la libertad para la violencia moral contra los jóvenes, como las películas llenas de pornografía, crimen y horror. Todo esto se considera parte de la libertad y se contrarresta, en teoría, con el derecho de los jóvenes a no mirar y a no aceptar. La vida organizada de forma legalista ha demostrado así su incapacidad para defenderse de la corrosión del mal.
¿Y qué diremos de los oscuros reinos de la criminalidad manifiesta? Los límites legales (especialmente en Estados Unidos) son lo suficientemente amplios como para fomentar no sólo la libertad individual, sino también cierto abuso de dicha libertad. El culpable puede quedar impune u obtener una indulgencia inmerecida, todo ello con el apoyo de miles de defensores en la sociedad. Cuando un gobierno se compromete seriamente a erradicar el terrorismo, la opinión pública le acusa inmediatamente de violar los derechos civiles de los terroristas. No son pocos los casos de este tipo.
Esta inclinación de la libertad hacia el mal se ha producido gradualmente, pero evidentemente proviene de un concepto humanista y benévolo según el cual el hombre -el dueño de este mundo- no lleva ningún mal dentro de sí, y todos los defectos de la vida son causados por sistemas sociales equivocados, que por tanto deben ser corregidos. Sin embargo, curiosamente, aunque en Occidente se han alcanzado las mejores condiciones sociales, sigue habiendo mucha delincuencia; incluso hay bastante más que en la sociedad soviética, indigente y sin ley. (En nuestros campos hay multitud de prisioneros a los que se califica de criminales, pero la mayoría de ellos nunca cometieron delito alguno; simplemente intentaron defenderse de un Estado sin ley recurriendo a medios fuera del marco legal).
Sus analistas se dividen entre los sectores más conservadores y tradicionalistas que rescatan su llamado a recuperar las raíces espirituales, los valores familiares y la identidad nacional frente a un globalismo que perciben como materialista y vacío. Al punto tal que Putin, haciendo una reivindicación de su persona, ha promovido parte de su obra para justificar una identidad rusa diferenciada y opuesta a los valores progresistas de Occidente.
Y desde los sectores liberales y críticos de la globalización analizan su advertencia sobre la autocomplacencia de Occidente como una predicción acertada. Se argumenta que las sociedades democráticas asumieron erróneamente que el fin de la Guerra Fría significaba el triunfo definitivo de sus valores, ignorando el resurgimiento de nuevos autoritarismos y el descontento interno provocado por la desigualdad económica y la falta de cohesión comunitaria.
Solzhenitsyn sufrió el comunismo soviético y lo denunció ante el mundo, pero también advirtió a Occidente de su decadencia, quizá ambas denuncias como “la cosa maligna” a erradicar de la sociedad (hace 46 años).
Algunos críticos de Solzhenitsyn lo consideran una figura trágica y compleja: un héroe contra el totalitarismo, pero cuyas soluciones políticas posteriores resultan problemáticas, por su crítica a las democracias liberales.
¿Adónde vamos como mundo si escuchamos a Solzhenitsyn?
Evidentemente, desnudó las miserias de uno y otro sistema y nos advirtió que la división es sustancialmente moral.
Su mensaje plantea que las sociedades se salvan a si mismas si encuentran un sentido trascendente común.
Y nos dejó algunas pistas para una reconquista de nosotros mismos: la valentía, la libertad responsable, la reconciliación social antes que el pago de deudas (muchas de ellas intransferibles, extemporáneas o absurdas) y la vuelta a los valores familiares, patrióticos y espirituales.
¿Llegaremos a tiempo?
[1] https://617.news/el-olvido-de-la-fuente-como-salvamos-nuestra-civilizacion/
[2] https://isabelbohorquez.com/2026/04/12/con-el-ojo-en-el-gatillo/
https://isabelbohorquez.com/2026/04/26/con-el-ojo-en-el-gatillo-segunda-parte/
[3] https://www.dw.com/en/opinion-alexander-solzhenitsyns-genius-more-relevant-than-ever/a-46671553
Gracias Isabel por compartir sus reflexiones filosóficas y convergencias conceptuales. No puedo dejar de expresar que su artículo liga misteriosamente con las palabras que escucho del Papa León XIV en el Uruguay, llamando a recuperar lo que hemos perdido porque será bueno para los hijos de nuestra sociedad. Gracias
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