¿Cómo salvamos nuestra civilización?
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Isabel Bohorquez
¿Cuándo fue que sucedió el olvido?
¿Y cómo fue que el olvido de nosotros mismos llegó a poblar lo cotidiano y nos hizo presos de nuestra propia y estoica incapacidad de pensar lo que nos estaba pasando?
A fines de los setenta, inicios de los ochenta (unos 45 años atrás) fuimos advertidos con claridad de nuestra pérdida de sentido civilizatorio y, sin embargo, lo contemplamos con una impasible mansedumbre digna de las ovejas de George Orwell[1].
Entonces, siendo yo una entusiasta estudiante universitaria de las ciencias humanas, comenzamos a leer sobre la incipiente posmodernidad descrita, y con el tiempo, empezó a aparecer en el lenguaje filosófico circulante la idea de una sociedad perdida, líquida (Zygmunt Bauman, Modernidad líquida), la crisis de la confianza en la ciencia como garante de las verdades objetivas y el anuncio de una era de ausencia de certezas.
Hago un breve stop aquí y resumo: la deconstrucción cultural de Occidente lleva algo más de 40 años (empezó antes inclusive), tuvo dos tamices enormes, lo que llamamos modernidad con un entusiasmo feroz por alcanzar el progreso de la mano de la capacidad humana (sin Dios) y lo que rápidamente llamamos posmodernidad signada por un desencanto de esa misma capacidad y una puesta en duda de todo.
Pero lo que suele quedar oculto es la fuente de dónde surgieron los principios basales de Occidente.
Modernidad y posmodernidad en pocas palabras
La modernidad pretendió alcanzar la verdad a través del conocimiento, la tecnología y el desarrollo productivo, dando la espalda a una idea de Dios que las sociedades ilustradas, industriales, capitalistas y marxistas, consideraban opresiva.
Sin embargo, esa misma sociedad -vanidosa y envalentonada por su propia promesa de progreso- no logró conducir a Occidente hacia los fines emancipadores que había proyectado.
Sociedad omnipotente y convencida de su propia razón tomó la naturaleza como un objeto de su propiedad y le faltó el respeto toda vez que le fue conveniente. La única verdad entonces fue la del progreso y la conquista de sus objetivos guiados por la conciencia humana.
Para el marxismo la lucha de clases y la conquista del control del capitalismo, para el capitalismo el crecimiento económico eterno, para el conocimiento científico y tecnológico el avance infinito, para la mirada de la persona sobre su propia existencia el control de sus decisiones en base a su razón y su voluntad.
La especie humana reinaba suprema sobre todo lo demás, incluso en el ejercicio de tremendas injusticias contra sí misma.
La posmodernidad llegó para poner en duda todo y nos machacó nuestra condición humana hasta dejarnos apenas con una precaria y antojadiza subjetividad autodeterminada.
En la contemporaneidad, el optimismo moderno entró en una profunda crisis de legitimidad. El siglo XX y lo que va del XXI demostraron que la razón también podía instrumentalizarse para la destrucción masiva. Nos desencantamos del progreso (acontecimientos históricos como las Guerras Mundiales, los totalitarismos y el Holocausto evidenciaron que el avance tecnológico no humaniza automáticamente a las sociedades; al contrario, puede hacer que la barbarie sea más eficiente). Se perdieron los “grandes relatos” (Jean-François Lyotard, La condición posmoderna), las sociedades actuales dejaron de creer en las promesas de emancipación universal de la modernidad (como el marxismo o el liberalismo puro).
La razón se desvió de su fin original (liberar al hombre) y se convirtió en una herramienta de control, cálculo y dominación técnica de unos seres humanos sobre otros (Theodor Adorno y Max Horkheimer, Dialéctica de la Ilustración).
En resumen, aquello que las propias sociedades habían construido en apenas 200 años de historia fue decayendo vertiginosamente.
Como consecuencia de este quiebre de las promesas modernas, la sociedad hipertecnológica actual se encuentra sumida en una profunda crisis existencial (de búsqueda de sentido de la vida) y epistemológica (de confianza en la verdad del conocimiento), donde el vacío dejado por lo sagrado ha sido llenado por dinámicas abiertamente irracionales y autodestructivas.
Paradójicamente, el mismo Occidente que endiosó a la razón hoy convive con una parálisis colectiva: devora los recursos finitos de su planeta bajo la exigencia de un crecimiento infinito (Club de Roma, Los límites del crecimiento), padece una epidemia de aislamiento y ansiedad en la era de la hiperconectividad (Byung-Chul Han, La sociedad del cansancio) y desarrolla una inteligencia artificial desbocada que amenaza su propia estabilidad.
Desprovista de un eje ético e histórico firme, la cultura contemporánea ha derivado en la era de la posverdad (Maurizio Ferraris, Posverdad y otros enigmas), un escenario de fragmentación social y desprecio por los hechos donde conviven el desajuste socioeconómico extremo y un riesgo tecnológico latente que pone en jaque la supervivencia de la civilización.
Es precisamente en este terreno fértil de fragmentación y pérdida de certezas donde se articulan las corrientes de la izquierda identitaria contemporánea, tales como el «wokismo» y la teoría de la interseccionalidad que ya hemos abordado en otros textos[2].
Al heredar el desencanto posmoderno, estas doctrinas no buscan restaurar los valores universales caídos, sino acelerar su demolición.
Su estrategia consiste en fragmentar a la sociedad en colectivos de víctimas en permanente conflicto, alimentar el rencor histórico y asegurar que la verdad objetiva no existe, sino que es solo una imposición de poder (Michel Foucault, Vigilar y castigar / Gianni Vattimo, El pensamiento débil). Al agrupar diversas agendas de minorías en una misma mesa de impugnación sistemática, convierten cada diferencia de género, raza o minoría en una trinchera política, usando el agravio como motor y asegurando que cada grupo tiene su propia “verdad” incuestionable.
Estas corrientes instrumentalizan los síntomas de la crisis actual para atentar contra los pilares fundamentales de la cultura occidental: la primacía del individuo, la búsqueda de la verdad y la posibilidad de un lenguaje común. Así, lo que comenzó como la vanidad de una modernidad sin Dios culmina hoy en una agenda colectivista que, bajo la bandera de la justicia social, disuelve los lazos históricos y culturales que sostenían a nuestra civilización.
De pronto, mucha gente está enojada, se siente agraviada (por Palestina, aunque viviendo en París o en Buenos Aires) y las sociedades a la vez que sus gobiernos, se ven presionadas a actuar con empatía hacia ese victimismo crónico y restaurar todas las deudas que no se sabe bien en qué momento fueron contraídas, pero allí están, golpeando nuestras puertas.
La roca fundacional de Occidente es judeocristiana
Sin embargo, antes del desencanto, antes de las revoluciones y las rebeliones, primero existió la noción de persona humana como roca fundacional.
¿De dónde le venía a esa misma sociedad (la moderna y a posteriori, la posmoderna) tal conciencia de dignidad humana?
¿De dónde provienen la noción de derecho humano, de igualdad, de fraternidad, de defensa del más débil? (incluso para la sociedad posmoderna que se esforzó en deconstruirlo todo).
¿Tenemos presente nuestro origen?
No.
Y este es el gran olvido.
Esas nociones le pertenecen a la matriz fundacional de la civilización occidental, o sea, la matriz judeocristiana que constituye, junto con la filosofía griega y el derecho romano, uno de los tres pilares fundamentales que edificaron Occidente.
Esta matriz aportó conceptos revolucionarios que hoy consideramos universales o laicos, pero que en la antigüedad eran completamente impensables.
La influencia de esta tradición no es solo teológica, sino eminentemente cultural, jurídica y social. Sus aportaciones clave incluyen:
- La dignidad intrínseca del ser humano: Basada en la afirmación bíblica de que el hombre fue creado “a imagen y semejanza de Dios” (Génesis 1:27). De esta idea teológica nació, siglos más tarde, el concepto laico -de la Ilustración- de los Derechos Humanos Universales. Antes del judeocristianismo, en el mundo antiguo, el valor de una persona dependía de su estatus social, su fuerza o su utilidad para el Imperio. Los códigos de leyes pre-cristianos, como el de Hammurabi o las propias costumbres romanas, estipulaban penas distintas según el rango de la víctima, y permitían el infanticidio de niños enfermos o nacidos bajo «malos augurios». La revolución judeocristiana introdujo una igualdad radical: el esclavo, el bárbaro, sea hombre o mujer (concepto precursor del feminismo) y el emperador poseían exactamente la misma chispa divina e inviolable. Esta noción destruyó el gregarismo tribal y colocó al ser humano individual como portador de un valor sagrado absoluto, un axioma ontológico sin el cual el constitucionalismo moderno y la noción de libertades individuales jamás habrían tenido un sustrato lógico sobre el cual sostenerse.
- La noción del tiempo lineal y el progreso: A diferencia de las culturas orientales o paganas, que veían el tiempo como un ciclo eterno de retorno, la tradición judeocristiana introdujo una visión lineal de la historia (creación, promesa, redención). Esto generó la idea de que el futuro puede ser mejor que el pasado, sentando las bases del concepto moderno de progreso social y científico. En el pensamiento griego y romano imperaba el fatalismo cíclico o el mito de una “Edad de Oro” pasada a la que inevitablemente seguiría la decadencia; la historia carecía de un propósito último y el destino humano era repetir los mismos dramas cósmicos indefinidamente. La visión bíblica (San Agustín de Hipona, La ciudad de Dios), en cambio, transformó la historia en un escenario con un sentido providencial donde las acciones humanas importan y avanzan hacia un fin constructivo. Esta secularización de la esperanza teológica es lo que permitió a Occidente confiar en que la historia no está escrita de antemano y que la sociedad puede -y debe- ser reformada, perfeccionada y liberada de sus propias cadenas a lo largo de las generaciones.
- La separación entre Iglesia y Estado: La frase evangélica “Dad al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios” (Evangelio de Mateo 22:21) introdujo por primera vez un límite al poder político absolutista. El gobernante ya no era un dios (como el Faraón o el Emperador romano), sino un mortal sujeto a una ley moral superior; de aquí derivó la idea de la laicidad y la limitación del poder estatal. En los imperios teocráticos de la antigüedad, el monarca concentraba de forma absoluta el control militar, jurídico y espiritual, lo que hacía imposible cualquier forma de disidencia o libertad civil. Al desvincular la lealtad al gobernante terrenal de la obediencia espiritual a la divinidad, la Iglesia primitiva rompió el control totatitario tradicional. Este quiebre fundacional fue la condición necesaria para que, tras siglos de disputas jurisdiccionales en la Europa medieval, emergiera el concepto de soberanía limitada, la independencia de los sistemas judiciales y la posterior laicidad democrática, o sea, las democracias liberales modernas, que protegen la libertad de los ciudadanos frente al despotismo de un poder político totalizador.
- El valor del débil y la compasión: La moral clásica (griega y romana) exaltaba la fuerza, el orgullo y la victoria. El judeocristianismo trastocó esto al poner en el centro la compasión por el desvalido, el huérfano, la viuda y el extranjero, convirtiendo la caridad en una virtud pública e institucional (Evangelio de Lucas 10, Parábola del buen samaritano). Filósofos de la talla de Aristóteles argumentaban que la compasión era una debilidad de la mente que nublaba la razón y que los desfavorecidos o deformes debían ser descartados en favor de la salud de la polis. La matriz judeocristiana operó una inversión moral inaudita: proclamó que el grado de civilización de una sociedad no se mide por la gloria de sus monumentos o el poder de sus ejércitos, sino por la forma en que protege y cuida a sus miembros más vulnerables. De este mandato de fraternidad activa surgieron los primeros sistemas organizados de asilos, hospitales públicos y orfanatos de la historia medieval, transformando el altruismo privado en una responsabilidad social colectiva que estructuró el alma solidaria de las instituciones occidentales.
- La dignificación del trabajo: El trabajo es una noción central en la tradición judía y, posteriormente, en la cristiana. Para los griegos y romanos, el trabajo físico era una maldición, una actividad degradante reservada para los esclavos, los ciudadanos libres se dedicaban a la política, la guerra o la filosofía. La revolución judeocristiana plantea en el Génesis a un Dios que trabaja creando el mundo y que coloca al hombre en el Edén para “cultivarlo y cuidarlo” (Génesis 2:15 ). El trabajo se convierte en una extensión de la chispa divina, un acto de co-creación. Jesucristo mismo fue carpintero. San Pablo sentenció: «El que no quiera trabajar, que tampoco coma» (San Pablo, Segunda Epístola a los Tesalonicenses 3:10). Esta visión elevó el trabajo a una categoría de alta dignidad moral y deber social, sentando las bases de la ética laboral, el desarrollo tecnológico y la clase media en Occidente.
- El valor supremo de la verdad: La ciencia moderna y el sistema judicial de Occidente dependen por completo de la premisa de que la verdad existe, es objetiva y es un deber moral buscarla, un concepto puramente bíblico. En la antigüedad pre-cristiana imperaba el pragmatismo o el escepticismo de los sofistas (la verdad es lo que convenga al más fuerte, o lo que convenza a la asamblea). Poncio Pilato encarnó este cinismo al preguntarle a Jesús: ¿Qué es la verdad? La revolución judeocristiana se expresa a través del noveno mandamiento («No dirás falso testimonio») y la afirmación de que la verdad es un atributo divino y liberador «La verdad os hará libres» (Evangelio de Juan 8:32) moldearon la mente occidental. Sin esta obsesión por una verdad objetiva e independiente del poder político, no habría sido posible el desarrollo del método científico (que busca la verdad de la naturaleza de forma honesta) ni el principio jurídico de la presunción de inocencia y el juicio justo basado en pruebas, no en conveniencias.
- El libre albedrío y la responsabilidad individual: La noción de que cada persona es dueña de sus actos y, por ende, responsable ante la ley y la sociedad, es un quiebre directo con el fatalismo de otras culturas. Los griegos y romanos creían ciegamente en el Destino o el Hado (el Fatum), si cometías un crimen o fracasabas, era porque los dioses así lo habían dispuesto; el ser humano era una marioneta de las fuerzas cósmicas. La revolución judeocristiana establece el libre albedrío, el ser humano tiene la capacidad consciente de elegir entre el bien y el mal y responderá individualmente por sus decisiones, el pecado y la culpa son individuales, no colectivos (Deuteronomio 30:19). Esta noción es el cimiento de todo nuestro Derecho Penal moderno (la responsabilidad penal es individual, no de la tribu) y de la propia noción de libertad civil. Si no hay libre albedrío, no hay libertad posible, solo determinismo.
- La supremacía de la conciencia (La objeción de conciencia) Esta es una de las defensas más potentes contra el totalitarismo y nació directamente del martirologio judeocristiano. Antes de la revolución judeocristiana, el Estado lo era todo, si el emperador exigía ser adorado como un dios, el súbdito debía obedecer. Los profetas judíos desafiaban a los reyes en nombre de Dios y los primeros cristianos prefirieron morir en el circo romano antes que quemar incienso ante la estatua del Emperador. Afirmaban que hay una ley escrita en el corazón humano que está por encima de las leyes de cualquier gobierno «Hay que obedecer a Dios antes que a los hombres» (Libro de los Hechos de los Apóstoles 5:29). De aquí nace el concepto de santuario interior de la conciencia y el derecho a la objeción de conciencia. Es la garantía de que el individuo tiene un límite sagrado que el gobierno o las mayorías no pueden invadir.
- El perdón y la reconciliación como motores históricos: Frente a la lógica universal de la venganza de sangre, la matriz judeocristiana introdujo un mecanismo de resolución de conflictos que permitió la convivencia a gran escala. La justicia era la ley del talión estricta o el código de honor de la venganza familiar infinita (las vendettas tribales). El judaísmo limitó la venganza institucionalizando la justicia proporcional, y el cristianismo dio el paso radical de exigir el perdón y el amor al enemigo como mandamientos imperativos (Evangelio de Mateo 18:22). Aunque Occidente ha vivido guerras brutales, la noción del perdón permitió la creación de tratados de paz duraderos, la justicia restaurativa y la posibilidad de reconstruir naciones enteras tras conflictos civiles, sustituyendo el ciclo infinito de la venganza por la reconciliación social.
En resumen, frente a la demolición cultural, se hace indispensable recordar que la fuente oculta de los principios basales de Occidente es la matriz judeocristiana, la cual operó revoluciones conceptuales que hoy erróneamente asumimos como laicas o espontáneas.
Por ello reitero y enfatizo, que nos consideremos personas dignas por el solo hecho de existir -independientemente de nuestra raza, sexo, nacionalidad, creencia o condición social y cultural- es una noción inconfundiblemente judeocristiana. De esa matriz proviene que nos reconozcamos como iguales; que abracemos la esperanza de un futuro en lugar de un destino fatal e inexorable; que defendamos la libertad frente a cualquier gobernante y que podamos habitar la sociedad desde la solidaridad y la fraternidad. Es esa misma herencia la que nos permite construir el porvenir a través del trabajo dignificado, buscar la verdad objetiva para conocer (base de la ciencia), ejercer la justicia equitativa (base del derecho), decidir con libre albedrío asumiendo nuestra responsabilidad individual (base de la moral), sostener la objeción de la conciencia frente a los sistemas imperantes (base de la ética) y, finalmente, aspirar a vivir en paz (Tom Holland, Cómo el cristianismo configuró el pensamiento occidental).
¿Es posible habitar Occidente desde el ateísmo o el agnosticismo?
La respuesta es afirmativa, pero con una condición que suele pasarse por alto: sólo es posible si se abraza un humanismo de profunda inspiración judeocristiana, sentándose a la sombra de ese gran árbol civilizatorio.
Un humanista occidental que defiende apasionadamente los derechos humanos, la igualdad y la justicia es, en realidad, un primo hermano de un judío o de un cristiano, aunque no lo sepa o no se haya dado cuenta de su parentesco moral.
¿Por qué me refiero al humanismo?
Porque la civilización occidental es básicamente una apuesta a la humanidad.
Y esa apuesta pone al amor universal (la dignidad, la libertad, la igualdad, la solidaridad, la tolerancia, el perdón, la paz) como respuesta a toda circunstancia.
Su olvido es justamente el lado oscuro de una humanidad que se niega a sí misma.
Cuando la gente se refiere al cristianismo, por ejemplo, aludiendo a las tantas barbaridades que cometió la Iglesia Católica (guerras, esclavitud, inquisición, etc.), afirmo, eso no es el espíritu judeocristiano. Eso es ambición humana disfrazada de religión. Es otra cosa.
Es primordial distinguir entre la matriz fundacional, o sea, los principios que constituyen el fundamento de una civilización -aquellos que consideramos connaturales a nuestra forma de vida- de las condiciones históricas de las religiones y sus instituciones que a través de los siglos han sido una expresión fidedigna o han traicionado esos mismos principios.
La historia de la humanidad -hasta donde hemos podido conocerla hoy en día- nos muestra que las religiones han sido la expresión concreta de una cosmogonía, de una visión del mundo, de una forma de concebir la realidad, la vida, la naturaleza, el sentido de la existencia, el devenir de la especie humana. Las religiones, no solamente plantearon una teología, en el sentido de una visión de lo divino, nuestro vínculo con Dios y su influencia trascendente en la vida terrena sino también una manera de vivir lo cotidiano, de concebirnos a nosotros mismos, nuestras relaciones con los demás y nuestro entorno.
Mirando ese núcleo basal es que se puede dimensionar el aporte gigantesco que el judaísmo y el cristianismo han hecho al mundo tal cual lo conocemos.
¿Es por eso que se los persigue tanto?
Muchos son los enemigos de Occidente y debemos reflexionar sobre ello.
Nos queda por ver entonces, el desprestigio, la persecución y el dominio sobre una civilización que confío en que aún estamos a tiempo de salvar, salvándonos.
[1] George Orwell, La rebelión en la granja (1945). Londres: Secker & Warburg. El comportamiento sumiso e impasible de la sociedad frente a la pérdida de libertades evoca directamente a los animales de la granja (particularmente a las ovejas), quienes repiten ciegamente las consignas dictadas por el poder hegemónico («Cuatro piernas buenas, dos piernas malas») sin cuestionar la manipulación de la verdad ni su propia opresión.
[2] https://isabelbohorquez.com/2026/08/25/el-dios-del-islam-segunda-parte-2/
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